La máquina en busca de sentido

Durante años, el posicionamiento digital fue una cuestión técnica: palabras clave, algoritmos, autoridad de dominio. Era suficiente con saber hablar el idioma de las máquinas. Pero ese tiempo está terminando.

Hoy los algoritmos ya no buscan palabras: buscan sentido. Los sistemas de inteligencia artificial —conversacionales, generativos, predictivos— ya no solo clasifican datos: intentan interpretar el mundo. No buscan información, sino coherencia; no analizan textos, sino intenciones.

En este cambio silencioso se está reconfigurando el modo en que comunicamos, pensamos y existimos en la red. El nuevo posicionamiento no depende de “aparecer”, sino de significar algo.

El lenguaje como constructor y falsificador del mundo

Siguiendo al filósofo Bolívar Echeverría podríamos afirmar que el lenguaje es la forma más sofisticada de reproducción de la realidad… pero también su mayor falsificador. Cada palabra puede revelar o encubrir, crear o distorsionar. Y las máquinas, al aprender a hablar, heredan esa ambigüedad humana: deben decidir qué decir, cómo decirlo y, sobre todo, qué mundo hacer visible con sus palabras.

En este sentido, el reto actual no es tecnológico, sino semántico. No se trata solo de entrenar a las máquinas, sino de enseñarles a habitar el lenguaje sin vaciarlo de sentido.

Narrar para orientarse

El antropólogo Eduardo Viveiros de Castro sostiene que el mundo no es único, sino una multiplicidad de perspectivas. Cada ser —humano, animal o máquina— percibe desde su propio punto de vista. En ese universo de múltiples realidades, narrar es una forma de orientarse.

Por eso las inteligencias artificiales necesitan aprender a contar historias. No porque sean poetas, sino porque narrar es la única forma de encontrar dirección en la complejidad. Nosotros las hemos programado para buscar sentido, porque como especie vivimos de él: contamos para comprender, narramos para existir.

El sentido como necesidad biológica y comunitaria

La neurociencia lo confirma: el cerebro humano está cableado para el sentido. Como explican Antonio Damasio y Stanislas Dehaene, no pensamos en datos aislados, sino en tramas. Nuestro cerebro conecta hechos con emociones, crea continuidad, busca propósito. Cuando comprendemos una historia, se activa un entramado completo de áreas sensoriales, motoras y emocionales.

Es decir: el sentido no es un lujo cultural, es una necesidad biológica. Y lo mismo sucede en lo digital: las máquinas no pueden operar sin estructuras de sentido que les permitan distinguir entre ruido y significado.

El historiador Yuval Noah Harari lo resume con claridad: las civilizaciones humanas se han construido sobre ficciones compartidas —relatos, valores, símbolos— que permiten la cooperación y la pertenencia. Hoy, esa necesidad ancestral se reescribe en clave algorítmica: los sistemas inteligentes necesitan también una narrativa compartida para poder interpretar y actuar.

Del SEO al SER

El nuevo posicionamiento ya no consiste en escalar posiciones en un buscador, sino en ocupar un lugar en la red de significados. Las marcas, igual que las personas, son hoy entidades semánticas: existen en la medida en que su mensaje tiene coherencia, propósito y resonancia.

Como recuerda Byung-Chul Han, vivimos en una época saturada de comunicación pero pobre en sentido. Por eso, el desafío no es decir más, sino decir con sentido. Las máquinas nos están obligando a recuperar algo esencialmente humano: la capacidad de narrar con propósito.

Porque sí: las máquinas buscan sentido. Y cuando lo encuentran, no descubren datos… nos descubren a nosotros.

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